Votar con la amígdala

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Las campañas contemporáneas no compiten por convencer sino por secuestrar nuestras emociones antes de que razonemos. ¿Cómo funciona esto en Colombia y qué podemos hacer para lograr más soberanía sobre nuestro voto?

Hay un género de video que se repite estos días hasta el cansancio. Políticos e influencers se graban mutuamente, cada uno con su cámara, su público y su verdad absoluta, gritándose sin escucharse. Tendemos a mirarlos con desprecio, como si fueran tontos. Pero ahí hay otra cosa. Sus gritos, sus abordajes agresivos a candidatos en plena calle, sus escenas de escándalo no buscan convencer a nadie. Buscan movilizar a los suyos.

En la recta final hacia la primera vuelta del 31 de mayo, varias campañas recurren a la misma fórmula a escala industrial. Dejan de lado los argumentos que exigen comparación y duda y, en su lugar, provocan pánico o indignación para que el elector reaccione sin pensar. En ese clima, no sorprende que The Economist haya advertido que Colombia puede vivir “la elección más polarizada del mundo en tiempos recientes”. Comprender por qué funciona esa estrategia ayuda a frenar ese impulso.

Lo que cambia no es la idea, es la lealtad 

A comienzos de 2026, la revista Communications Psychology publicó un estudio de un equipo israelí que escaneó el cerebro de los participantes en dos momentos, separados por dos años y medio, mientras veían los mismos videos políticos. 

En ese período, marcado por la inestabilidad política, cambió algo más profundo que una opinión. Cambió la lealtad de grupo. El trabajo documentó que las regiones sensoriales, las que procesan lo que vemos y oímos, apenas variaron. Al contrario, se observaron alteraciones en el sistema límbico, que incluye la amígdala, el hipocampo, el núcleo caudado y otras áreas vinculadas con la emoción, la memoria y la recompensa. La conclusión fue que las alteraciones neurales se asociaron con cambios en la pertenencia de grupo, no con cambios en las ideas.

El estudio es pequeño —analizó 21 cerebros— y no cierra la discusión, pero confirma algo que constatamos a diario en verificación de datos y alfabetización mediática e informacional. Los hechos no siempre convencen. Cuando a un votante se le presenta una información cierta que contradice a su candidato, el cerebro no evalúa primero si eso es cierto. Evalúa antes si eso amenaza a su grupo. Si la respuesta es sí, el dato suele rechazarse antes de ser procesado.

Lo más revelador es que ese cambio puede pasar inadvertido para quien lo experimenta. Los voluntarios creían pensar igual que antes, pero la verdad es que su lealtad a un grupo había desplazado la forma como razonaban, sin que lo notaran. 

Hace dos décadas ya sabíamos que, frente a datos que incomodan, el cerebro militante busca justificaciones antes que rectificaciones. El aporte del estudio israelí precisa algo más impresionante: no solo razonamos con sesgo. La pertenencia misma a un grupo desplaza el marco desde el que interpretamos los hechos. Cuando el dato choca con la lealtad, suele perder el dato.

La mente cansada elige atajos

Todo eso prolonga lo que Daniel Kahneman observó sobre el funcionamiento dual de la mente. Tenemos un Sistema 1, rápido, intuitivo y emocional, que exige menos esfuerzo mental, y un Sistema 2, más lento, deliberativo y costoso. Bajo fatiga, incertidumbre y saturación, el cerebro recurre al primero. Las campañas lo usan. Por eso venden orden, castigo, seguridad y culpables concretos a los que temer. No es que el votante sea incapaz de razonar. Es que, bajo presión, da prioridad a la pertenencia sobre la evidencia.

Además del cansancio mental, hay tres debilidades que explican por qué ciertos mensajes calan tan hondo. Y las campañas también las aprovechan. La sobrecarga de información impide el análisis. Los sesgos afectivos nublan el juicio cuando algo toca lo que valoramos. Y el efecto de verdad ilusoria convierte la repetición en certeza.

En Colombia esas debilidades encuentran a buena parte de la ciudadanía ahogándose en el desorden informativo sin saber cómo salir de él. El voto llega a la campaña en condiciones de mayor vulnerabilidad: brechas socioeconómicas, un sistema escolar que enseña a leer pero no a dudar, unos medios que antes que contrapeso son eco de los poderes, y una cultura digital en la que el influencer compite de tú a tú con el periodista.

La emoción como arma de campaña

Cuando un mensaje toca el miedo a la inseguridad, a la violencia o al colapso, la amígdala, una parte muy antigua del cerebro, la que nos avisa del peligro para mantenernos vivos, se enciende de golpe y toma el mando. Es la misma reacción que nos hace saltar antes de saber si lo que vimos era una culebra o una manguera. En ese instante, la parte que razona con calma queda en segundo plano. Los neurocientíficos lo llaman el secuestro de la amígdala. Durante unos segundos, el votante ya no analiza, solo reacciona.

Los estrategas lo saben. Un análisis de Movilizatorio sobre 14.709 publicaciones en X de líderes políticos en Colombia encontró que el 13 % recurrió de forma sistemática a mensajes fabricados para impulsar miedo, odio o desesperanza. No para deliberar. 

Si logran detonar una reacción, los estrategas no necesitan persuadir. Se vio en el debate de Noticias Caracol, cuando Santiago Botero calificó a Carlos Castaño como “una luz en medio del desespero”. La frase no abrió una discusión sobre seguridad ni sobre historia del conflicto. Cerró ambas de golpe: activó la indignación, arrastró a los demás candidatos a responder desde el trauma y convirtió el debate en una pelea por reflejos. Ese es el premio que buscan muchas campañas: no que el elector compare, sino que entre en alerta.

El estilo de comunicación del presidente Petro, de confrontación continua, campaña permanente y creación de adversarios de forma recurrente, ha contribuido a enrarecer el ambiente. A la vez, en la oposición han ganado espacio las candidaturas y vocerías que apuestan por la provocación y el alto voltaje emocional. Abelardo de La Espriella encarna esa apuesta, pero no es el único. 

Cómo se activa el voto reflejo

¿Cómo se cuelan las tácticas comunicativas que apuntan a activar las emociones? Por tres vías. 

La primera es el razonamiento emocional. Sentimos primero y concluimos después. Si un candidato provoca una emoción intensa, esa sensación deja de ser solo una reacción y empieza a funcionar como evidencia. La alarma o la indignación se interpretan como prueba de una amenaza, y entonces la persona busca argumentos para justificar lo que ya siente. Por eso, a varios candidatos no les interesa explicar ningún programa. Se concentran en suscitar reacciones intensas. Con eso dificultan que pensemos con calma.

La segunda es la clasificación tribal. Aquí el desacuerdo se convierte en enemistad. El rival se etiqueta como enemigo y cada crítica al candidato se vive como un agravio personal por parte de sus seguidores. La deliberación se convierte en una disputa por pertenencias y lealtades en lugar de un intercambio de ideas. Lo vemos en la mesa familiar que se divide, en conocidos que dejan de hablarse, en grupos de WhatsApp de los que alguien se sale para no discutir.

La tercera es el pánico moral y el rage bait (anzuelo de rabia en redes). Mezcla miedo, urgencia y repetición. Primero se exagera una amenaza. Después aparece el candidato que promete conjurarla. Se instala la idea de que el país está al borde de una degradación irreversible y de que los otros están dispuestos a arrasarlo todo. En ese clima, cualquier matiz parece tibieza y cualquier pausa parece complicidad. 

Esas tácticas no afectan a todos por igual. También empujan a otro grupo, amplio y menos ruidoso, a retirarse de la deliberación pública por el hastío que estas tácticas producen. Aquí se abre otra grieta en el sistema democrático. Cuando ese electorado se aparta, la conversación queda a merced de los extremos. El peligro, entonces, no es solo que unos se fanaticen. Es que los demás se rindan.

Tres pausas antes del voto

Los tres mecanismos no actúan por separado. Suelen encadenarse. Primero nos sacuden con una emoción, luego nos empujan a ver al otro como amenaza y al final nos impulsan para que reaccionemos antes de pensar.

Frente a eso, tres preguntas cortan la secuencia en distintos momentos. La primera, antes del desacuerdo: ¿Esto me conecta con una persona o me enfrenta a un enemigo? La segunda, ante la indignación: ¿Lo creería si no fuera mi bando quien lo dice? La tercera, previo a compartir mensajes: ¿Me informa de un hecho o me está usando para multiplicar la rabia?

El 31 de mayo, su voto puede ser dos cosas muy distintas. Puede ser un reflejo de la amígdala, una reacción tribal de supervivencia ante una amenaza ficticia que una campaña diseñó para usted. O puede ser una decisión donde la emoción acompaña, pero no manda.

Todos tenemos esa amígdala. Todos hemos votado alguna vez movidos por ella. No hablamos de los fanáticos. Hablamos de cualquiera. También de quien se cree a salvo. 

Por eso, frente al tarjetón, vale una última pregunta antes de marcar: ¿mi voto salió del pánico, de la indignación, o de una pausa suficiente para decidir con calma? Hacérsela no espantará a los influencers que viven de gritar ni a los políticos que prosperan con la polarización. Pero aumenta la probabilidad de que el voto sea nuestro y no de quien mejor manipula nuestros miedos. 

Publicado en Razón Pública, el 24 de mayo de 2026

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