Paradojas y parajodas

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La Ley de Campbell, el efecto halo y el efecto cuerno forman un triángulo que convierte indicadores en armas políticas y las elecciones en un espectáculo de percepciones.

El 20 de febrero de 2026, el presidente Petro compartió una imagen que anunciaba 6.768 muertes evitadas de niños menores de cinco años. Su gobierno, según la gráfica, había salvado más vidas infantiles que todos los gobiernos de este siglo juntos. La cifra se presentó como prueba de que su modelo de salud, centrado en la prevención y crítico de “las EPS y otros negocios”, funcionaba.

La cifra se viralizó de inmediato. Y con razón: reducir la mortalidad infantil es una noticia muy positiva. De hecho, varios investigadores coincidieron en algo que conviene aclarar desde ya: sí ha habido una reducción real y significativa en la mortalidad de menores de cinco años durante este gobierno, incluso más rápida que en períodos recientes. 

El problema no era entonces reconocer el fenómeno, sino cómo se presentó. La gráfica no utilizaba tasas oficiales, sino una suma acumulada que contaba varias veces el mismo avance. Tampoco aclaraba que los nacimientos en Colombia cayeron de manera pronunciada, lo que por sí solo puede reducir el número de muertes sin que mejoren las condiciones de salud. Menos aún se detallaba qué políticas concretas habían producido ese resultado.

Cuando epidemiólogos y expertos pidieron acceso a los datos y la metodología, el debate cambió de rumbo. El presidente descalificó a quienes cuestionaban la cifra, llamó “alucinado matemático” al exministro Alejandro Gaviria,  y la presentó como una “victoria de la vida”. En horas, la discusión dejó de girar en torno a la interpretación de un dato complejo y se convirtió en un juicio moral: quién estaba del lado correcto de la historia y quién “no quería ver” la evidencia.

Ahí se asomaba el desorden informativo, flujo constante de datos, opiniones y cifras sueltas que se consumían sin contexto. En ese ambiente, cualquier número podía terminar sirviendo para lo que conviniera: validar un éxito, desacreditar a un crítico o polarizar el debate.

Tres mecanismos actuaron sobre esa escena: la Ley de Campbell, que explica por qué las cifras se corrompen al volverse objetivos políticos; el efecto halo, que extiende la credibilidad de un éxito parcial a toda una gestión, y el efecto cuerno, que descalifica a quien pregunta. Juntos forman un triángulo que convierte las elecciones en un concurso de percepciones donde el mérito se juzga por la emoción que genera, no por los hechos que lo respaldan.

El efecto cobra

Lo ocurrido con esta cifra no es un caso aislado. El psicólogo social Donald Campbell lo advirtió hace cincuenta años: cuando un dato se usa para ganar legitimidad política, deja de medir la realidad y empieza a moldearla. El indicador pasa de ser una herramienta para entender el mundo a un instrumento para convencer. El economista Charles Goodhart complementó esa idea: “Si una medición se usa como objetivo, pierde su utilidad”. 

En sociología y economía llaman a esto el efecto cobra. El nombre surge de un episodio en la India colonial. Ante una inusitada proliferación de serpientes, el gobierno británico ofreció dinero por cada cobra muerta. Los ciudadanos respondieron con la cría de cobras para cobrar más recompensas. El programa tuvo que suspenderse al poco tiempo porque, si bien el dato de las cobras muertas mejoró, el problema real empeoró, ya que había más serpientes que al principio. La medición había alterado lo medido.

Con un juego de palabras que vale la pena retomar, el investigador mexicano Manuel Gil Antón introdujo una distinción. Existe paradoja cuando una cifra mejora por efectos no intencionales, aunque la realidad no cambie. Pero Gil Antón acuñó el término parajoda (mezcla de paradoja y joda) para describir algo peor: situaciones en las que el sistema se organiza deliberadamente para fabricar una mejora numérica, mientras la realidad empeora o permanece igual.

Gil Antón lo mostró con la educación mexicana. Cuando las pruebas censales tenían consecuencias fuertes para las escuelas, algunos directivos pedían a los alumnos con bajo rendimiento que no asistieran el día del examen. El indicador mejoraba; la educación, no. Tras la pandemia, surgió una pregunta incómoda: si los niños más vulnerables fueron quienes abandonaron la escuela, ¿los promedios no subieron precisamente porque se perdió a quienes más necesitaban del sistema? “Menuda parajoda”, escribió.

Guerra de las ambulancias y ejecuciones extrajudiciales

No es necesario buscar ejemplos lejanos. En Colombia, el Seguro Obligatorio de Accidentes de Tránsito (SOAT) se planeó para garantizar atención médica inmediata a las víctimas. Pero al convertir el pago por paciente en el centro del negocio, el indicador se distorsionó. 

En la llamada “guerra de las ambulancias”, empresas privadas compiten por llegar primero al herido no para salvar vidas, sino para asegurar el cobro del seguro. El incentivo ya no es la atención, sino la factura.

La versión extrema de esta lógica llevó a uno de los episodios más oscuros de nuestra historia reciente: los llamados falsos positivos. Cuando el número de guerrilleros abatidos se convirtió en la métrica de éxito del Ejército, la presión por “cumplir la meta” llevó al horror de más de 6.000 civiles asesinados y presentados como bajas en combate, según la JEP. Fue la parajoda más letal del Estado colombiano: un indicador que transformó la eficacia militar en una masacre disfrazada de estadística.

Pura ley de Campbell. En política, en salud o en seguridad, la obsesión por el número vacía de sentido lo que se quería lograr.  Esta lógica ha permeado incluso espacios como la academia. En 2024, la editorial Springer Nature retiró 75 artículos del rector de la Universidad de Salamanca tras confirmar autocitas masivas y perfiles falsos, y la rectora de la Universidad de Harvard tuvo que renunciar por sospechas de prácticas de plagio. Los rankings y la fiebre bibliométrica han terminado por premiar la apariencia de excelencia más que la excelencia misma. La realidad sacrificada en el altar de la estadística. 

La industria de la percepción

La Ley de Campbell explica la degradación de los indicadores. Sin embargo, lo que permite que esos datos funcionen como relato político son dos sesgos cognitivos que Edward Thorndike identificó en 1920 y el Nobel Daniel Kahneman integró después a su investigación sobre atajos mentales.

El efecto halo ocurre cuando una impresión positiva en un ámbito se extiende a toda la evaluación de un gobierno, aunque no haya relación causal. Y la industria del mercadeo político descubrió hace décadas que el halo no tiene que ser espontáneo. Se puede fabricar con storytelling biográfico (la historia del líder que viene de abajo), escenografía emocional (el acto rodeado de niños o banderas), manejo de encuadres visuales (el ángulo de cámara que transmite autoridad) y repetición de atributos simples (“mano dura”, “cambio real”, “libertad”).

Nayib Bukele es un ejemplo. Su narrativa de haber “derrotado las pandillas” en El Salvador irradia un halo que eclipsa las preocupaciones sobre concentración de poder o debilitamiento de los derechos humanos. 

Ese halo no fue espontáneo. Fue una construcción profesional que se conecta con lo que la teoría de la comunicación denomina el segundo nivel de la agenda setting. Los medios y las redes no solo proponen temas, sino que indican cómo pensar sobre un personaje. Si el ecosistema de medios da prioridad a ciertos asuntos (la reducción de homicidios) y oculta otros (el autoritarismo), se crea una imagen específica del político antes de que el ciudadano evalúe cualquier acción o propuesta. 

El priming refuerza el efecto. La exposición previa a cierta información activa asociaciones que condicionan los juicios posteriores. Así, un candidato que haya logrado asociarse con “seguridad” recibirá ese halo sin necesidad de demostrar competencia real.

El efecto cuerno actúa en sentido contrario. Un solo rasgo negativo, una frase sacada de contexto o una acusación sin verificar bastan para manchar la trayectoria de un candidato o anular la evaluación completa de un gobierno. 

En este circuito, cualquier hecho comprobado queda atrás frente a la respuesta emocional que genera la narrativa política. La industria de la consultoría política ha convertido esta dinámica en negocio. Los algoritmos, que premian la emoción sobre el dato, refuerzan el impacto de este triángulo. El voto se parece cada vez más a una reacción y cada vez menos a una elección informada.

El incentivo detrás del dato

Volvamos al punto de partida. Un gobierno presenta una cifra de mortalidad infantil. Puede ser parcial, cierta o engañosa. Pero el punto ya no es ese. El problema es que el sistema (Gobierno, oposición, medios, redes, ciudadanos) no sabe qué hacer con ese dato si no es para convertirlo en arma. 

El número no se verifica ni se pone en contexto. Se celebra o se rechaza. Se utiliza para canonizar o demonizar. Sobre todo, se comparte, porque se ha normalizado la idea de que un indicador aislado es suficiente para entender la complejidad del mundo. Así, la métrica convertida en un fin borra los matices del debate público.

La frase del legendario inversionista Charlie Munger “muéstrame los incentivos y te mostraré el resultado” debería guiar nuestras decisiones electorales. Cuando la entendemos, dejamos de preguntar si el político miente y empezamos a reflexionar sobre qué incentivo tiene para presentar las cifras de esa manera. Esa pregunta no tiene bando. Es la misma para cualquier gobierno, cualquier candidato y cualquier información que nos aparezca en las plataformas.

Las elecciones siempre nos inundan con indicadores de gestión, encuestas y métricas de redes diseñadas para activar nuestros sesgos. Conocer la Ley de Campbell, distinguir una paradoja de una parajoda e identificar cuándo el halo nos impide ver y cuándo el cuerno nos impide pensar no nos hace inmunes a la manipulación. Pero nos devuelve algo fundamental cuando impera el desorden informativo: la capacidad de preguntar antes de compartir.

Publicado en Razón Pública, el 22 de febrero de 2026

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