Una estatua que puede decidir elecciones

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Las encuestas electorales prometen medir opiniones. Pero a veces terminan por fabricarlas. Al presentar a un candidato como el “favorito” o a otro como “sin chance”, activan un mecanismo psicológico capaz de convertir esa percepción en realidad. Es lo que se conoce como efecto Pigmalión, la fuerza silenciosa que hace que las expectativas ajenas terminen por moldear nuestro comportamiento.

Desde que se levantó la veda de publicación de encuestas electorales en noviembre de 2025, establecida por la Ley 2494/25, Abelardo De la Espriella e Iván Cepeda aparecen escapados del lote, lejos de los demás precandidatos.

En cada encuesta publicada en estos tres meses parece haber un país distinto. Por eso se ha discutido mucho sobre si esas fotografías del momento son ciertas, si se está cumpliendo lo planteado por la norma. Menos se ha hablado acerca de qué comportamientos desencadena cada una de esas cifras en los votantes.

Las encuestas no anticipan el futuro. Son instantáneas cambiantes, no vaticinios absolutos. Sin embargo, al etiquetar a unos candidatos como “favoritos” y a otros como “inviables”, activan mecanismos psicológicos que alteran las actitudes de la ciudadanía. Hay coincidencia en que reflejan tendencias y, sobre todo, en que pueden fabricar ganadores. El efecto Pigmalión explica por qué. Cuando una encuesta, un titular o una narrativa viral instalan la idea de que un candidato “ya ganó”, esa expectativa modifica la conducta de votantes, donantes y medios, y puede convertir la predicción en un hecho.

El escultor que talló a su esposa

En la mitología griega, Pigmalión talló una estatua tan perfecta, que se enamoró de ella. Afrodita, conmovida, le dio vida a Galatea, que se convirtió en su esposa. Detrás del mito late una idea poderosa. Quien modela con convicción termina creando realidad.

En 1968, los psicólogos Robert Rosenthal y Lenore Jacobson dieron ese nombre a un hallazgo revelador: cuando los profesores creían, falsamente, que ciertos alumnos eran más talentosos, les daban más atención y estímulo. Y los estudiantes mejoraban, no por ser más inteligentes, sino porque las expectativas del maestro moldeaban su desempeño.

En esencia, ese mecanismo es una forma concreta de la profecía autocumplida que Robert K. Merton describió en 1948. Una predicción falsa que, al ser creída, desencadena actitudes que la hacen realidad. Merton usó el ejemplo del pánico bancario. Un rumor de quiebra lleva a todos a retirar su dinero y el banco quiebra de verdad. Así, la creencia crea la realidad.

Chats que moldean al supuesto ganador

El reportaje de Cambio, “Fe, patria y fake news: en las entrañas de los chats abelardistas”, es un caso concreto de cómo funciona hoy en Colombia. Una red de grupos de WhatsApp, coordinada por seguidores del candidato, difunde a diario una mezcla de fervor religioso, patriotismo exaltado y noticias falsas para construir la percepción de que su candidato ya ganó. 

El discurso apela a emociones. Pertenencia a una “manada”, salvación de la patria, lucha entre “totalitarismo y democracia”. Cada mensaje refuerza que “va primero y subiendo”. Parece una ola espontánea, pero tiene estructura y se alimenta del desorden informativo (DI).

Un ejemplo: la plataforma de apuestas Polymarket ubicó a De la Espriella como ganador. Sin embargo, como lo mostró La Silla Vacía, no era una medición real de popularidad, sino una burbuja creada por apenas 82 perfiles, uno de los cuales concentró el 40% de las apuestas. De la Espriella usó después ese dato como prueba irrefutable de su liderazgo. Eso es Pigmalión en acción: una minoría organizada fabrica la percepción de un ganador y el resto actúa como si ya hubiera ganado.

El desorden informativo como fábrica de realidades

El mecanismo también fabrica perdedores. En los últimos meses, Sergio Fajardo ha visto caer su intención de voto, según las encuestas, mientras circulan narrativas que lo presentan como “tibio”, “desconectado” o “arrogante”. Muchas de estas etiquetas se basan en interpretaciones sesgadas o engañosas, pero desmovilizan a potenciales votantes independientes y refuerzan la polarización entre los dos punteros. La información puede ser dudosa; la incidencia en el desempeño electoral es real. Eso es el efecto Golem: expectativas negativas que hunden a los candidatos estigmatizados.

El DI es el terreno donde estas dinámicas cobran mayor fuerza. No se reduce a desinformación, errores aislados o noticias mal verificadas. Es un ecosistema que impone etiquetas simplificadoras (“el candidato imbatible”, “el sistema podrido”, “el voto inútil” “el candidato que ya perdió”), las refuerza con sesgos cognitivos y algoritmos que solo muestran lo que confirma esos estereotipos y lo hace de manera gradual. Rodaja a rodaja, como en la táctica del salami

Así, poco a poco, da forma la realidad al empujar a los votantes a actuar según esas ficciones. Unos se rinden ante el “destino” que marcan las encuestas, otros pierden la fe en el sistema electoral, y muchos aceptan la derrota de su candidato mucho antes de entrar a las urnas. El DI no solo confunde; labra, paso a paso, lo que terminamos tomando por realidad.

Las fuerzas que esculpen el voto

Estos mecanismos no actúan de forma aislada. Se concatenan y se refuerzan mutuamente.

Las élites políticas y los medios actúan como el escultor del mito. Proyectan narrativas de triunfo inevitable sobre un candidato. Esa imagen atrae cobertura, recursos y atención, que lo convierten en favorito real. En el extremo opuesto, el efecto Golem, cuando medios, rivales y redes sociales insisten en que un candidato “no tiene opciones” o es “peligroso”.  Esa expectativa negativa desmoviliza a sus seguidores y lo aísla.

Frente a esto, los votantes responden con lógicas contrapuestas: el bandwagon, que es la tendencia a sumarse al carro del supuesto ganador. Unos por pura inercia social (“todos van para allá”). Otros, por el deseo de estar en el bando que perciben como correcto o victorioso. Pero también surge un efecto contrario: el underdog. Cuando parte del público percibe como injusta la narrativa negativa o la desaparición de un candidato de las encuestas, se genera empatía y lo apoya como forma de resistencia frente al sistema.

En la Colombia actual, estos fenómenos se desatan con velocidad vertiginosa. Basta una encuesta que anuncie un “empate técnico” para que, en cuestión de horas, una campaña proclame su imbatibilidad (Pigmalión), sus seguidores inunden WhatsApp con memes de triunfo (bandwagon), la oposición sea etiquetada de “radical” o “tibia” (Golem) y un sector del electorado, indignado por el estigma, apoye al candidato señalado como acto de rebeldía (underdog). 

El verdadero peligro no es que las encuestas fallen, sino que se conviertan en profecías que representamos sin darnos cuenta. Así, el debate de ideas queda desplazado por una carrera de percepciones, y quien domine la narrativa de “lo que va a pasar” decide lo que pasa.

La democracia Pigmalión

Si unas cuantas encuestas activan el efecto Pigmalión en millones de votantes, ¿qué ocurre cuando toda la democracia funciona bajo esa lógica? Un libro reciente ha propuesto la expresión “democracia Pigmalión” para describir sistemas que se presentan como ideales y participativos, pero que en la práctica convierten las campañas en una competencia emocional, de sondeos, una carrera de caballos por saber quién va ganando, y saturan al ciudadano con noticias incesantes que lo agotan y alejan del debate real.

En Colombia esa lógica ya está presente. La campaña actual se mide más por la identificación emocional que por propuestas reales y factibles. Las consultas interpartidistas del 8 de marzo, aunque en teoría deberían confrontar visiones distintas, en la práctica son actos de afirmación interna donde precandidatos afines celebran las mismas posiciones, sin discusión alrededor de ideas opuestas. La deliberación pública gira casi exclusivamente alrededor de cifras de intención de voto, asesores caros o de qué alianzas impensables se concretaron. Muy lejos, los problemas de 52 millones de personas.

Además, la apuesta masiva por espacios digitales para vender “capacidad de alcance” y pertenencia se hace en plataformas que son negocio antes que espacios de comunicación. Desde su origen, fueron diseñadas para mantener a los usuarios el mayor tiempo posible dentro de ellas. Premian los contenidos que generan más reacciones emocionales y se comparten más rápido, aunque no sean ciertos. Hoy ya están en la parte más alta del podio de potenciadores del DI y el efecto Pigmalión.

La muerte anunciada que aún podemos evitar

Gabriel García Márquez lo capturó con maestría en Crónica de una muerte anunciada. Todos sabían que matarían a Santiago Nasar y nadie intervino. Una expectativa compartida convirtió lo evitable en inevitable. En su cuento “Algo muy grave va a suceder en este pueblo”, un rumor destruye una comunidad entera. La catástrofe no existía hasta que la creencia colectiva la fabricó. 

En las redes colombianas de hoy ocurre algo similar. Un trino con una cifra sacada de contexto, una encuesta compartida sin metodología o una portada convertida en meme electoral actúan como aquel presentimiento. Y lo que termina destruido es la deliberación democrática.

En las elecciones de 2026, la “muerte anunciada” puede ser la derrota anticipada de un candidato declarado inviable, la deslegitimación de un proceso previo a votar o la normalización de una mentira que nadie desmintió a tiempo.

Reconocer el efecto Pigmalión es un primer paso para frenarlo. La alfabetización mediática e informacional, como hemos dicho varias veces en esta serie, no puede limitarse a enseñar a verificar noticias aisladas. Debe ayudar a entender los patrones estructurales que constituyen el ecosistema del DI, porque no son errores puntuales, sino dinámicas que se refuerzan de manera simultánea.

Recordemos tres cosas básicas: las encuestas son solo estimaciones, no veredictos definitivos. Una narrativa, por más que se repita en redes y medios, no se convierte automáticamente en verdad. Y la realidad electoral no nos llega pasivamente. La construimos nosotros mismos cada vez que compartimos un mensaje, callamos ante una duda o nos tomamos el tiempo de verificar antes de difundir.

El efecto Pigmalión muestra que las expectativas son poder puro. Cuando a pocos meses de las elecciones alguien proclama que un candidato “ya ganó”, no está informando. Está esculpiendo una realidad que todavía puede cambiarse. La pregunta es si dejaremos que terminen la estatua o si tomaremos el cincel para decidir por nosotros mismos.

Publicado en Razón Pública, el 8 de febrero de 2026

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