Un debate presidencial parece un duelo de ideas, pero está más cerca de un acto de prestidigitación. Esta es una lectura para descifrar el espectáculo y esquivar trampas de la puesta en escena.
Todo truco de magia sigue un mismo principio. El mago guía la mirada del espectador. La mano derecha atrae la vista y la izquierda esconde el naipe. Esa técnica se llama misdirection o desvío de atención. Sin ella, ninguno funciona.
En los debates presidenciales, cámaras en movimiento, frases pulidas y miradas desafiantes simulan un choque de ideas. A veces parecen un ritual democrático, esa representación mínima de que en política todavía es posible disputar el poder con palabras y no con violencia. Otras veces son apenas una liturgia vacía que disfraza de deliberación lo que en el fondo es una ceremonia de apariencias. El truco consiste en hacer pasar una cosa por la otra. Y en él intervienen varias manos. El candidato, el medio, el equipo de campaña. Y nosotros, como público.
Los movimientos recientes de las campañas lo confirman. La discusión gira alrededor de las condiciones de Cepeda para asistir, del anuncio de De la Espriella de sentarse solo con los punteros, de la cancelación de Valencia o de la petición de siete candidatos a RTVC para organizar tres debates antes de la primera vuelta. Cepeda, De la Espriella, Valencia y Uribe Londoño no firmaron.
Hay, sin embargo, un dato más importante que casi no se discute. La ausencia se volvió costumbre y estrategia. Desde 2006, los candidatos con ventaja prefieren no exponerse. Uribe, Santos, Duque evitaron debates. Petro y Hernández hicieron lo mismo en 2022. La negociación de reglas y la selección de rivales hacen pasar por asunto organizativo lo que en realidad responde al cálculo político.
Lo que ese cálculo esconde es justamente lo que importa. Referirnos a la disposición a confrontar ideas contrarias, aceptar el escrutinio del rival y someterse a un formato que no controlan por completo. Eso es lo que muchos candidatos prefieren ocultar antes de que se enciendan las cámaras.
Un bien público sin garantes
Un debate presidencial no es un favor que los candidatos le hacen al país. Es un bien público. Si un aspirante se niega a asistir porque va arriba en encuestas, le quita a la ciudadanía una de las pocas herramientas que tiene para comparar y decidir.
Desde hace años se discute si los debates mejoran o empobrecen la deliberación pública. La lógica de la televisión premia la emoción, reduce los matices e induce a simplificar asuntos complejos. La posverdad agravó ese problema. Hoy pesan más las emociones que los hechos comprobables, y las redes premian al que opina sin fundamento por encima del que sabe de qué habla.
Y aun así, el debate conserva un valor difícil de reemplazar. En un ecosistema roto en burbujas, sigue siendo uno de los pocos momentos en que públicos distintos miran lo mismo al mismo tiempo. Por eso importa tanto quién falta.
La Ley 996 de 2005 garantiza tres debates en medios públicos. Pero la asistencia sigue siendo voluntaria. Hay proyectos para reglamentarlos mejor, como ocurre en otros países, pero ninguno alcanzará a aplicarse esta vez. Por eso los debates de 2026 volverán a depender de reglas negociadas y asistencias discrecionales.
De ahí una pregunta práctica. ¿Cómo aprovechar de verdad los espacios que sí van a celebrarse?
Lo primero es no dejarse engañar por la etiqueta. Cuando no hay réplica, no hay debate, solo presentación de candidatos. Un foro informa. El debate obliga a defender ideas frente a quien las cuestiona. Un debate requiere al menos tres cosas para ser útil. Acuerdo sobre lo que se discute. Evidencia para sostener lo que se afirma. Y respeto, entendido como la disposición a escuchar, responder y refutar sin descalificar. Si esas condiciones no se dan, lo que se denomina debate es, en el mejor de los casos, una presentación formal. En el peor, un monólogo disfrazado.
Pero los candidatos no comunican solo con palabras. Otro de los desvíos de atención que conviene aprender a leer aparece antes de que hablen. Está en su lenguaje corporal.
El cuerpo habla antes que la boca
El psicólogo Albert Mehrabian está en el origen de una idea muy citada y, casi siempre, mal entendida. La de que el cuerpo comunica más que las palabras. Su fórmula del 55% para el lenguaje corporal, el 38% para la entonación y el 7% para las palabras se cita como si fuera ley general. No lo es, pero algo se acerca. En un debate el lenguaje corporal pesa. A veces, más que el argumento.
El ejemplo clásico es el debate entre Kennedy y Nixon, en 1960. Quienes lo siguieron por radio vieron ganador a Nixon. Quienes lo vieron por TV se quedaron con Kennedy. No porque dijera algo muy distinto, sino porque se veía mejor. Nixon sudaba. Kennedy parecía sereno y descansado.
El caso permite ver un error de lectura bastante común. Los psicólogos la llaman error de Otelo. Consiste en confundir el nerviosismo de quien está bajo presión con el nerviosismo de quien miente. Un candidato puede estar tenso porque se juega mucho, porque no domina el formato o porque una mala respuesta puede costarle caro. No toda incomodidad significa engaño.
El cuerpo también puede fingir. A veces miente mejor que la boca. Por eso conviene ver el debate dos veces. Primero con sonido. Luego en silencio, en los momentos decisivos. Ahí se nota mejor quién evita la mirada, quién sobreactúa y quién intenta proyectar una seguridad que no es cierta.
Hay otra veta de engaño que no pasa por el cuerpo, sino por el lenguaje. Son las trampas retóricas. Identificarlas permite distinguir entre propuesta y consigna (ver infografía anexa). No solo las usan los candidatos. A veces se cuelan en las preguntas de los moderadores.
La cámara también opina
Hay otro actor del espectáculo, los medios, que impone su propia lectura. Lo que llega a nuestras pantallas no es exactamente lo que ocurre en el estudio. Es una versión filtrada.
El primer filtro está en la selección de temas. Esa decisión puede favorecer a uno u otro candidato. Es la lógica de la agenda-setting: los medios no nos dicen qué pensar, pero sí sobre qué pensar.
Luego viene el encuadre, o framing. Una misma respuesta puede aparecer como audaz o polémica, según el modo como el medio la edite, la titule o la subraye. Se decide también si el debate se cuenta como juego, con ganadores, perdedores y golpes de efecto, o como una discusión sobre políticas públicas. En la academia se llama game frame frente a policy frame. Casi siempre gana el primero, pues para los canales privados un debate también es un producto que debe venderse.
Otro truco más, casi invisible y muy efectivo, es el plano-contraplano. Si el candidato A expone una propuesta y el corte muestra a B negando con la cabeza, el espectador duda de la propuesta sin haberla examinado.
El papel de este actor sigue después del debate. Continúa, cuando dos horas de intercambio quedan reducidas a tres minutos y los informativos deciden qué fragmento merece sobrevivir. Comparar cómo cuentan el mismo evento Caracol, RCN, El Tiempo, El Espectador y RTVC dice más de los medios que de los candidatos.
Ese montaje genera tensión y, con ella, audiencia. Buscar aumentarla exagerando anécdotas y confundiendo un momento viral con un argumento sólido es uno de los señuelos más eficaces de la televisión. Y mientras el medio hace lo suyo, detrás del candidato hay un equipo organizando otra parte del montaje.
Detrás del escenario
Ningún candidato actúa solo. Detrás están los spin doctors, que lo preparan durante semanas con simulacros, cifras memorizadas y respuestas calculadas al milímetro. También fabrican soundbites, esas frases cortas pensadas para sobrevivir a la edición del noticiero y prender la conversación en redes.
Antes de que el televidente procese lo que vio, ya circulan en redes mensajes, hilos y memes que le indican quién ganó. Esa narrativa suele pesar más en la memoria pública que el debate mismo.
De esa presión por viralizar nace una confusión cada vez más frecuente. Muchos asesores preparan al candidato para el clip y no para la idea. Lo entrenan para dejar una frase, no para sostener un argumento. Olvidan que un destello domina la conversación durante horas, pero la credibilidad a largo plazo es el cimiento del voto consciente.
El trabajo más fuerte de ese equipo empieza cuando el candidato baja del set. Apenas se apagan las luces del estudio, en el spin room, asesores y voceros caen sobre los periodistas para venderles la única conclusión aceptable. Su candidato ganó.
El debate ya no se queda en el estudio. Sigue en televisión, radio y redes al mismo tiempo. En esa fase importa menos lo que ocurrió que lo que logra imponerse como relato. Y ese relato también se confecciona.
El público completa el truco
Falta un participante decisivo, el que nadie contrató pero avala el truco sin saberlo. No está en el escenario, sino frente a la pantalla. Es el público, que cree asistir como espectador inocente, pero hace tiempo dejó de hacerlo.
Si un candidato dice lo que queremos oír, lo compartimos. Si otro tropieza, lo reducimos a un meme. No esperamos a verificar ni contrastamos fuentes. La fórmula que mejor funciona es la más vieja del manual populista. Nosotros contra ellos. Se basa en una lealtad de barra brava donde dudar del candidato propio se vuelve traición. Por eso compartimos sin pensar, y nos quedamos dentro de la burbuja donde la mentira repetida se vuelve verdad.
El espectáculo se cierra entre todos. La mano del candidato acompaña una frase. La cámara la subraya. El equipo la impulsa. Y el público hace el resto. Comparte, celebra, distorsiona. El desorden informativo no termina en el atril. Sigue circulando en las pantallas que llevamos en la mano.
Eso no les quita su valor. Los debates siguen siendo de los pocos espacios donde un candidato tiene que responderle a quien piensa distinto, en tiempo real y sin edición. Pero no basta con pedir que se hagan. Hay que exigir formatos mejores, réplica directa, tiempos amplios para las respuestas, comisiones autónomas que los organicen y sanciones para quienes no participen.
También hay una tarea que nos toca. Contrastar las cifras. Desconfiar del clip demasiado perfecto (ver infografía con el método de las tres preguntas). La alfabetización mediática e informacional no desmonta el espectáculo, pero sí enseña a leerlo con más cuidado.
Faltan semanas para el 31 de mayo. Un estudio de Pons y Le Pennec sobre 62 elecciones en diez países concluye que los debates rara vez cambian el voto. Lo que sí hacen, y por eso hay que exigirlos, es elevar el conocimiento de las propuestas y dejar a la vista cómo responde cada candidato bajo la presión, si contesta o evade, si tiene propuestas o sólo buenas intenciones. La pregunta no se reduce a por quién votar. Antes hay otras dos: ¿Estamos dispuestos a mirar dónde no quieren que miremos? Y, sobre todo, ¿a exigir que los candidatos suban al escenario y se atengan a las reglas?








