Nos ganan por descuido

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Nos ganan por descuido

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La desinformación no necesita que seamos ingenuos. Le alcanza con agarrarnos en uno de esos momentos en que el impulso le gana al juicio: cuando queremos ser los primeros, cuando creemos que todos piensan igual o cuando nos afanan para reaccionar.

Hace pocos días le pasó a una de las personas más escépticas que conozco. Cerca de la medianoche, alguien de confianza le mandó un audio que, según dijo, ningún medio se atrevía a publicar. No lo escuchó completo. Lo reenvió a varios grupos sin más.

Mi amigo, un periodista curtido, no se equivocó porque le faltara criterio. Cayó porque reaccionó sin revisar. Lo atrapó un impulso antes que un dato, algo habitual en el desorden informativo que vivimos, donde la desinformación no se presenta con la cara obvia de una mentira burda.

Solemos pensar que compartimos algo falso porque no sabemos distinguir lo cierto de lo dudoso. A veces pasa. Pero es más frecuente que nos gane cuando reaccionamos antes de pensar.

El audio era falso. Pero mi amigo no lo compartió por dejar de pensar. Lo mandó convencido de tener una primicia. Por un instante podía mostrarles a los otros la ventaja de saber un dato reservado que los demás desconocían. Sintió que podía “dar la chiva”, llegar antes que nadie con la noticia, eso que durante años fue privilegio de unos pocos en el periodismo colombiano.

Quiero ser el primero

Esa manía periodística de querer chiviar se ha regado por todas partes. Cuando sentimos que no controlamos nada, tener un dato que el resto ignora‚ una verdad oculta que los medios supuestamente callan‚ nos da cierta ilusión de control. Reenviar la supuesta primicia es sentirnos, por un instante, dueños de la realidad, un paso por delante del resto.

La trampa de la primicia se activa por dos razones. La primera es la exclusividad. Lo que se presenta como secreto o filtrado nos parece más verdadero porque no está al alcance de todos. La segunda es la velocidad. El sistema de las plataformas digitales en el que nos movemos premia al primero y no al que tiene razón. Quien se detiene a confirmar llega tarde. Es la lógica que mis estudiantes de primeros semestres resumen en una frase que se ha vuelto de moda: “Profe, el que piensa pierde”. La dicen en broma, pero en el fondo describen el ecosistema informativo que heredamos como votantes: uno donde la pausa se castiga y la reacción instintiva se premia.

Hoy esa misma lógica aparece en otros formatos. El pódcast de tres horas sin preguntas incómodas o la transmisión interminable desde un cuarto se presentan como charlas sin filtros, aunque en realidad sean monólogos protegidos por el tono de confianza. Quien los consume cree escuchar una versión más auténtica que la de los medios tradicionales. Es el mismo anhelo de poseer una verdad ajena a los demás, pero ahora con apariencia de diálogo sincero.

El problema es que, por su duración, estos contenidos son difíciles de verificar en una sola sentada. Quien los comparte suele hacerlo sin haberlos revisado por completo. El deseo de compartir “la versión que otros no tienen” es el mismo de la chiva clásica, ahora en un formato que vuelve lento cualquier chequeo.

Sin embargo, la vanidad de llegar primero no es el único descuido. La desinformación también avanza cuando dejamos de confiar en nuestro propio juicio y sentimos que disentir ya no sirve porque el resto del mundo, supuestamente, ya tomó partido.

Todos ya decidieron

Hay un experimento clásico en psicología social. Una persona entra a una sala y ve que empieza a llenarse de humo. Si está sola, reacciona y sale de inmediato. Pero si hay otras personas en la habitación que actúan como si nada pasara, ella duda. Se queda quieta. No es que el humo haya desaparecido. Es que ya no confía en lo que ve.

Algo similar ocurre a diario en las redes. Vemos un video que se repite mucho y un hashtag que domina la conversación durante horas. Puede que estemos en desacuerdo con eso que se publica en las plataformas. Pero cuando parece que todos ya lo dieron por cierto, tendemos a callar. No porque estemos convencidos, sino porque no queremos ser los únicos que cuestionan lo que los demás ya aceptaron. Cuanto más callan los que dudan, más fuerte se ve la postura dominante. Y así se alimenta el espejismo.

Esa sensación de unanimidad rara vez surge de forma espontánea. Detrás suele haber cuentas que impulsan una misma línea a la vez, en oleadas cortas. Repiten mensajes, reciclan frases y responden en los mismos hilos. El efecto es que una postura empieza a verse como la opinión general, aunque en realidad sea una construcción artificial. En ese clima, la desinformación circula con facilidad. Si algo da la impresión de estar ya en boca de todos, tendemos a bajar la guardia y a repetirlo sin cuestionarlo demasiado. Lo falso gana terreno cuando dudar parece una anomalía. 

Ante esa mayoría aparente, terminamos por desconfiar de nuestro propio juicio antes que del coro. Y cuando esa sensación de que “la mayoría ya decidió” se afianza, aparece un tercer descuido. La urgencia de reaccionar ya, compartir ya, indignarse ya o tomar partido sin pensar demasiado. 

Tiene que ser ya

“Comparte antes de que lo borren”. “Última oportunidad”. “Hoy se define todo”. La urgencia fabricada apunta a lo más simple: que respondamos antes de reflexionar. Juega con impulsos básicos. El miedo a quedarse atrás. La sensación de que algo se acaba si no actuamos rápido. O la idea de que, si los demás ya se movieron, permanecer quieto es perder terreno. 

Detrás de esa presión se cruzan dos ritmos. Uno es el nuestro, que necesita pausa, sueño, duda y, a veces, dejar una idea para el día siguiente. El otro es el de las plataformas, que empuja todo hacia el ahora, el ya, el antes de que sea tarde. 

En tiempos de campaña, ese segundo ritmo se vuelve norma. Cada escándalo se presenta como definitivo, cada video como prueba irrefutable, cada tendencia como una demostración de que el país cambió de rumbo en pocas horas. Pero que algo no pueda esperar no significa que sea importante. Muchas veces es la marca de un contenido hecho para que no alcancemos a revisarlo.

La consecuencia es clara. Si todo exige respuesta inmediata, nada alcanza a examinarse con calma. Se comparte sin revisar. Se repite sin contrastar. Se toma partido sin dejar que la duda haga su trabajo. Y una ciudadanía que se acostumbra a responder a cada sobresalto se queda sin tiempo para decidir con serenidad. Y, sin embargo, nada cierto se daña por esperar. Lo que solo sirve para hoy suele ser una distracción para que no pensemos.

Nombrar el descuido

Los tres descuidos tienen algo en común. En todos, la desinformación avanza antes de que alcancemos a identificar qué nos mueve. Puede ser el deseo de llegar primero. Puede ser la presión de lo que parece mayoritario o la exigencia de reaccionar al instante. Y rara vez llegan solos. En la recta final, el deseo de primicia le abre paso al coro, y el coro al afán. Los tres se alinean justo cuando más nos jugamos el voto.

Por eso, protegerse mejor no consiste en apagar las pantallas, desconectarse por completo o abandonar la conversación pública. Consiste en reconocer, en el momento preciso, qué impulso nos domina. Ponerle nombre a ese estado nos devuelve algo muy valioso en campaña: unos segundos de reflexión propia.

Esos segundos pueden comenzar con preguntas sencillas. Si aparece la emoción de la primicia, cabe preguntarse: ¿Qué pierdo si espero un rato? Si pesa la sensación de que todos ya decidieron, vale la pena cuestionarse si en realidad todos piensan así o si nos está arrastrando una mayoría aparente. Y si manda el afán, la pregunta es: ¿Quién se beneficia si respondo antes de revisar?

Mi amigo, el del audio de medianoche, pudo haberse hecho cualquiera de esas preguntas. No lo hizo. Reenvió el mensaje. Y en ese gesto mínimo quedó claro que no siempre caemos por ingenuidad, sino por orgullo, por presión del ambiente o por afán.

Al final, la desinformación en elecciones no apunta convencernos, no necesita de buenos argumentos. La basta con agitar nuestros impulsos: halagar el orgullo, explotar el miedo a quedarse solo o empujarnos a dar respuestas sin pensar. Por eso, la destreza más útil es reconocer, antes de reenviar, asentir o indignarse, cuándo el impulso empieza decidir por nosotros. Ahí se pone a prueba si el voto todavía es nuestro.

Publicado el 7 de junio de 2026

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