La mentira contratada

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Pistas sobre el funcionamiento de las operaciones de desinformación y claves para reconocerlas semanas antes de las elecciones.

A principios de 2026, miles de trabajadores colombianos recibieron una convocatoria interna en sus empresas. Parecía una charla de formación sobre ciudadanía y democracia. Las investigaciones sobre el Proyecto Júpiter revelaron que tras esos encuentros había una operación de influencia con presupuesto millonario y amplia repercusión: al menos US$1,7 millones, más de 40.000 asistentes directos y un alcance digital de 17 millones de personas en todo el país. 

Como la Red Nahual hondureña, que atacó al gobierno de Xiomara Castro y al Partido Libre, Júpiter repite la estrategia de abrumar antes que convencer. Busca saturar con medias verdades y rumores hasta que no sepamos con claridad qué es falso y qué es cierto.

Solo conocemos Júpiter y Nahual porque fueron destapadas. Pero la lógica de evanescencia y opacidad de estas operaciones garantiza que por cada caso revelado haya varios activos, invisibles, pues se han convertido en patrón recurrente en tiempos electorales, y en varias regiones pueden haberse instalado de modo permanente.

En América Latina, por ejemplo, esas campañas, que hoy provienen de casi todas las corrientes políticas encuentran terreno fértil por la fragilidad institucional, la dependencia de redes y mensajería privada para informase y la desconfianza acumulada hacia medios, partidos y el Estado. 

Ya no son las campañas sucias de antes. Un candidato que paga un libelo no se compara con sistemas organizados de financiadores, productores de contenido, especialistas en redes y difusores en cadena. Estos trabajan con objetivos comunes y mensajes sincronizados. Con infraestructura a menudo compartida, siembran miedo, indignación e incertidumbre para alterar el clima emocional de una campaña, sin pedir el voto de manera explícita. Apuntan a desmovilizar a unos y movilizar a otros con la sensación de que hay algo inaplazable en juego. 

Funcionan con lógica de mercado: análisis de datos, contratación de terceros y segmentación precisa. Es una industria del engaño que simula conversación natural y la impulsan nuevos mercenarios de la mentira.

Cómo se arma la máquina

Estas operaciones no se improvisan. Antes de que nos llegue el video viral o el titular escandaloso, existe una fase de reconocimiento para identificar audiencias vulnerables; mapear grupos de WhatsApp; detectar agravios, temores y resentimientos que pueden explotarse. Luego viene la preparación, que incluye crear dominios, abrir cuentas en redes, diseñar plantillas, ensayar mensajes y medir reacciones en grupos pequeños. Solo al final aparece la pieza que circula masivamente y parece espontánea. 

La primera pieza visible de esa máquina es, paradójicamente, su opacidad. En Colombia, los recursos de Júpiter circularon entre empresarios, fundaciones y consultoras no siempre identificables. Ese dinero financia operadores, pauta, infraestructura, anonimato y distancia.

El ocultamiento también permea lo tecnológico. Las mismas herramientas que protegen a periodistas y disidentes (redes privadas, anonimización, pagos difíciles de rastrear) las usan operadores de desinformación para borrar huellas. Un portal puede parecer local y estar administrado desde otro país, con intermediarios que dificultan seguir el rastro.

Estas operaciones aprovechan resquicios legales y su propia evanescencia. Por eso es imposible saber cuántas están en marcha ahora. Se diseñan para desaparecer cuando alguien pregunta quién pagó. Los dominios se borran, las cuentas se cierran y los contratos se cancelan tras cumplir su función. 

La segunda pieza es la infraestructura de contenido. Júpiter tuvo producción constante con plantillas estandarizadas y autores ficticios. La Red Nahual creó decenas de portales que imitaban medios locales. Ya no hay panfletos burdos, sino medios trampa con estética de portal legítimo que ganan credibilidad antes de difundir piezas diseñadas para aumentar el desorden informativo (DI). Su eficacia depende de un detalle: muchos lectores no verifican quién está detrás de estas redacciones, cuándo surgieron o si su supuesto equipo editorial no es más que una mezcla de presentadores, voces y boletines con apariencia profesional pero producidos como deepfakes.

El algoritmo como jefe de prensa

La tercera pieza es la propagación. A una operación coordinada le basta con que todos veamos su contenido, pues inflan la sensación de relevancia a punta de pauta encubierta, cuentas coordinadas, perfiles falsos, influenciadores pagados y una maraña de interacciones. Esto permite el astroturfing, una simulación de apoyo ciudadano que parece espontánea, pero está diseñado desde arriba.

Las plataformas potencian esa lógica. Su negocio depende de la atención, y esta se captura mejor con lo extremo y lo indignante. Por eso proliferan contratistas de la mentira, más motivados por el lucro de los clics que por la ideología.

La personalización cambió la escala del problema. Una campaña despliega cientos de versiones de una narrativa, cada una adaptada a distintos públicos. Vemos solo una versión, pero detrás hay muchas pruebas. Lo que llega a nuestra pantalla es el resultado de ensayos hasta dar con el mensaje que mejor encaja con nuestro perfil. Esa capacidad hace que ni siquiera dos vecinos reciban la misma mentira.

En la actual campaña presidencial, Abelardo de la Espriella reportó un gasto diario de casi $100 millones en propaganda digital. Los análisis muestran que su presencia domina las conversaciones digitales. Esta cifra indica la magnitud de la lucha por la atención. La estrategia ya no busca persuadir con argumentos. Ahora pretende atiborrar las pantallas de los votantes, conquistar la agenda cotidiana y convertir la aparición reiterada en redes y otros espacios en una ilusión de apoyo masivo. Este aluvión de mensajes, en su mayoría legal, genera el ruido perfecto para que las operaciones encubiertas pasen inadvertidas.

Lo más tentador es creer que estas campañas solo involucran portales oscuros. En la práctica, buscan fortalecerse al contaminar a los medios legítimos. Por falta de tiempo, por precariedad o por dependencia de ciertas fuentes, algunos terminan replicando contenidos generados en este proceso. Cuando un medio serio recoge una pieza manipulada, aunque sea para comentarla tarde o mal, la estrategia ya cumplió parte de su objetivo. Y cada vez es más común que el algoritmo haga de jefe de prensa.

La revelación de Júpiter por revista Raya y Señal Investigativa (en tono panfletario, hay que decirlo) desató un cruce de cartas y manifestaciones de apoyo a los difusores y a los señalados por su participación (La Silla Vacía y Economía para la Pipol). Esto centró la discusión en la polémica y eclipsó el debate sobre la maquinaria de manipulación. 

Al tocar grandes poderes fácticos, suele desviarse la atención. La lección no es que todo periodismo sea propaganda. Es que ningún medio es neutral. Por eso necesitamos leer varios, contrastar y preguntarnos qué poder controla cada uno, qué intereses están en juego y qué urgencia favorece que cierta información circule.

La mutación del daño

La propaganda viene de lejos, pero hoy el escenario es híbrido. Ya no depende aparatos estatales monolíticos como en la Guerra Fría sino de una mezcla de gobiernos, consultoras, empresarios, operadores privados, plataformas globales y redes de cuentas difíciles de clasificar. El Estado puede ser víctima de estas campañas o, en muchas partes, uno de sus operadores.

Colombia ha vivido esta evolución en los últimos años: el rumor como arma a principios de la década pasada, el espionaje digital en 2014, la explotación de la indignación en el plebiscito de 2016, la automatización de tendencias en 2018 y la filtración de materiales de campaña en 2022. Júpiter no rompe con ese pasado. Lo lleva a otro nivel: retoma prácticas viejas y las reorganiza con lógica de mercado, a escala industrial y con los ritmos de la era digital.

El cambio va más allá de la velocidad. Hoy muchas campañas no se limitan a crear versiones falsas. Aspiran a inundar la conversación pública de sospecha y confusión para evitar que la ciudadanía llegue a las urnas con una realidad compartida que permita el debate. Aquí el salto es esencial. El DI no es solo la difusión de mentiras, sino la degradación del entorno donde distinguimos fuentes, contrastamos versiones y decidimos qué merece confianza.

En ese punto aparece la guerra cognitiva, donde las batallas ya no se libran solo por ideas, sino por colonizar nuestro estado de ánimo hasta que dejemos de creer que la verdad es posible. En esa guerra, no somos espectadores pasivos. Somos vectores de propagación del DI sin darnos cuenta. Por eso siempre debemos detenernos a pensar en nuestro propio comportamiento para analizar qué me empuja a compartir esto ahora y a quién beneficia mi indignación.

Pero hay más. Estas operaciones tienen un calendario preciso. Preparan el terreno durante meses. Construyen audiencias, crean dominios, ensayan mensajes. Y es en los días previos a las elecciones cuando se activan las matrices de desinformación para lanzar las piezas decisivas: un escándalo fabricado, un audio editado, una encuesta falsa. Saben que a esas alturas casi no hay tiempo para verificar y los ánimos están caldeados. Es habitual también que dejen listo el relato de fraude, por si el resultado no les conviene.

El detector en acción

Desmontar esas piezas y detectar sus huellas es una forma de defendernos, incluso de las operaciones que aún no han sido destapadas. Tener a mano varias preguntas nos ayuda leer el circuito completo: la fuente, la plataforma, el incentivo económico, la emoción activada y el objetivo político de los mensajes que recibimos y de los que podemos sospechar.

Los portales sin trayectoria que de pronto publican grandes volúmenes de información merecen desconfianza. Use WHOIS para tener información del dominio. Si el contenido viene en forma de imagen, video o audio, y además pide que se comparta de inmediato, tómese una pausa. Pregunte quién lo filtró, por qué ahora, quién pudo haberlo editado y con qué intención. Una búsqueda inversa de imágenes en Google o la herramienta InVID puede desenmascarar engaños.

Una señal temprana de operación coordinada es la sincronía. Si la misma noticia alarmista aparece al mismo tiempo en varios portales que se crearon recientemente, si sus cuentas en redes abrieron la misma semana y los comentarios de apoyo son casi idénticos, está ante un montaje. La biblioteca de anuncios de Meta o Botometer ayudan a identificar la publicidad oculta y los bots que la impulsan.

Y un aviso adicional: no delegue la tarea de verificar en un solo medio, pues cada uno tiene líneas editoriales, selecciones y afinidades políticas. No dé nada por cierto hasta no haberlo contrastado. 

Documentar, denunciar y no naturalizar estas operaciones también es resistir al DI. Cada vez que aparece una matriz de desinformación, intentan que aceptemos la opacidad como paisaje, que confundamos manipulación con espontaneidad y trifulcas con debate público. Si aceptamos vivir entre sospechas y ruido, la conversación pública se corrompe.

En la recta final de la primera vuelta presidencial, nuestra tarea no es volvernos paranoicos sino más atentos. La mentira contratada prospera cuando renunciamos a preguntar. El voto libre empieza en la costumbre de revisar antes de creer y de no compartir sin entender.

Publicado el 10 de mayo de 2026

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