Un bienestar que enferma la democracia

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La conspiritualidad es una de las formas más eficaces de desorden informativo porque no necesita engañar. Se desarrolla sobre una estructura de fe que ya existe. En Colombia, esto se relaciona directamente con la crisis de desconfianza institucional que atraviesa el país.

En octubre de 2025, María Esperanza Castro García, una mujer de 71 años originaria de Salamina (Caldas), reveló en el pódcast Vamos pa’ eso que había pasado once años bajo el control de una líder espiritual autodenominada “Cielo”. Durante ese tiempo le confiscaron su teléfono, su dinero y su autonomía. Le negaron medicamentos porque iban “contra los designios de Dios”. La golpearon con un palo por no leer un mensaje a tiempo. La encerraron en bodegas sin cobija. Su familia no supo nada de ella durante más de una década.

Ese mismo mes, Comfama inauguró en Medellín la Feria Popular de Brujería, un evento cultural que conmemoraba los cincuenta años del Primer Congreso Mundial de Brujería celebrado en Bogotá en 1975. La reacción fue fulminante. Congresistas pidieron cancelar el evento, grupos de fieles se plantaron frente al claustro San Ignacio con rosarios y micrófonos, un hombre intentó un exorcismo en la fila de entrada y las redes ardieron entre quienes gritaban “herejes demoníacos” y quienes respondían “camanduleros retrógrados”. El director de Comfama, David Escobar, terminó con una carta abierta a los antioqueños en la que reconocía que la palabra brujería había tocado una fibra profunda y que la Colombia de 2025 arrastra un déficit severo de confianza.

En los dos episodios, muy distintos, se revela un mismo síntoma. En uno, la espiritualidad se convierte en instrumento de control absoluto sobre una persona. En el otro, la sola mención de prácticas espirituales alternativas desata una tormenta de polarización donde nadie escucha a nadie. Ambos casos abonan un terreno fértil para el desorden informativo (DI). Y ese terreno tiene un nombre.

Un término que explica la mezcla yoga y complot

Lo acuñaron los sociólogos Charlotte Ward y David Voas en 2011. Lo llamaron conspiritualidad (conspirituality), la fusión de dos mundos que parecían opuestos. Por un lado, el movimiento New Age, centrado en el bienestar personal, la meditación y la autoayuda. Por otro, las teorías conspirativas, orientadas a descubrir intenciones ocultas de élites poderosas. La conspiritualidad no es la suma de ambos, sino un sistema de creencias propio que ofrece respuestas simples a problemas complejos, envueltas en un lenguaje de despertar espiritual.

Derek Beres, Matthew Remski y Julian Walker, autores del libro Conspirituality y del pódcast homónimo, lo explican de este modo: cuando la esfera pública se vuelve inhabitable por el ruido, el cinismo, los deepfakes y la polarización, algunas personas no se radicalizan políticamente. Se retiran hacia una espiritualidad que promete claridad, pertenencia y certeza, pero que acaba por reproducir las mismas lógicas de desinformación que dice combatir. La conspiritualidad, entonces, no es una excentricidad marginal. Es una respuesta emocional al cansancio moral producido por el propio DI.

Y aquí está la diferencia con otras formas de DI. La conspiritualidad no requiere engañar a nadie con una noticia falsa. Se monta sobre una estructura de fe preexistente. Quien ya busca sentido, propósito y comunidad en la espiritualidad tiene la puerta abierta. La espiritualidad responde a necesidades humanas profundas, pero cuando se desacopla del escepticismo se vuelve caldo de cultivo para el autoengaño y la manipulación. Estas comunidades difunden desinformación, sí, pero su verdadero poder reside en que ofrecen una salida emocional al ruido, y por eso resultan tan atractivas.

Del acetaminofén al “despertar de conciencia”

La semana en que se publica este artículo, el Ministerio de Salud de Colombia emitió una alerta por el llamado “reto del acetaminofén”, una tendencia viral en TikTok e Instagram en la que adolescentes ingieren dosis masivas del fármaco, se graban y compiten para ver quién aguanta más tiempo hospitalizado. La Secretaría de Salud de Cali advirtió que la sobredosis puede provocar falla hepática fulminante, necesidad de trasplante y muerte. Según estudios de consumo digital de 2025, el 40% de los adolescentes intentaron al menos un reto en redes sociales durante el último año.

El reto del acetaminofén no es conspiritualidad en sentido estricto. No hay detrás una narrativa sobre élites oscuras ni un discurso de despertar espiritual. Pero comparte con ella el mecanismo de fondo. El algoritmo de TikTok convierte una práctica autodestructiva en una tendencia socialmente deseable al premiar el engagement emocional. La experiencia del grupo de pares pesa más que la advertencia del médico o del Ministerio. La mediación algorítmica reemplaza a la autoridad sanitaria. Es el mismo suelo que hace fértil a la conspiritualidad.

Y es en un segundo nivel donde la conspiritualidad aparece con toda su fuerza. Investigaciones de La Silla Vacía y de la red LatamChequea documentaron que casi la mitad de los posts más virales de desinformación antivacunas en Colombia circularon en apenas cinco grupos de Facebook, todos centrados en creencias religiosas o esotéricas. Grupos de guías extraterrestres, ascensión de almas, “sanación dimensional”. De allí salen mensajes como “las vacunas alteran el ADN y bloquean tu despertar de conciencia” o “Dios ya nos dio un sistema inmune perfecto, las farmacéuticas lo enferman”. La desinformación sanitaria se reempaqueta como camino de liberación espiritual. Lo que empieza con un reto viral de adolescentes y la conspiritualidad comparten raíz, aunque estén a distinta profundidad.

La desinformación hecha política de Estado

La experiencia reciente de Estados Unidos muestra hasta dónde puede llegar el problema cuando la lógica conspiritual llega a dirigir el propio sistema de salud. Robert F. Kennedy Jr., secretario de Salud desde febrero de 2025, encarna la fusión entre el movimiento Make America Healthy Again, las narrativas antivacunas y el universo conspirativo-espiritual del bienestar. En su primer año al frente del Departamento de Salud, Kennedy canceló estudios sobre vacunas del Instituto Nacional de Salud, destituyó al comité asesor de inmunización del CDC y lo reemplazó con personas que comparten sus posiciones antivacunas, redujo de diecisiete a once las vacunas recomendadas para la infancia y contrató a un conocido escéptico de vacunas que había sido sancionado por ejercer medicina sin licencia. El podcast Conspirituality, de Beres, Remski y Walker, ha seguido de cerca esta trayectoria y ha documentado cómo la industria del bienestar alternativo y las conspiraciones en línea convergen en la figura de Kennedy.

Las consecuencias ya son visibles. Los casos de sarampión en Estados Unidos alcanzaron en 2025 su cifra más alta en dos décadas. Quince estados demandaron al gobierno federal por desmantelar el calendario de vacunación infantil. Cuando la desinformación ya no circula en los márgenes sino que se convierte en política de Estado, como advierte la psicóloga Lisa Fazio en un artículo recién salido del horno, las estrategias de alfabetización mediática, prebunking y fact-checking siguen siendo necesarias, pero resultan insuficientes si no se acompañan de mecanismos de rendición de cuentas para quienes producen falsedades desde el poder.

Un cambio de paradigma

El problema, entonces, no es solo informativo. Es emocional, moral y comunitario. La conspiritualidad divide el mundo entre “dormidos” y “despiertos”. Quien acepta la evidencia científica es un “dormido”, un cómplice involuntario de la conspiración. Quien la rechaza es un iluminado, parte de un grupo selecto que ha accedido a la verdad oculta. Esa dicotomía destruye la posibilidad del diálogo y convierte la conversación pública en territorio minado.

En Colombia, el 44% de los ciudadanos evita las noticias, según el Digital News Report 2025, del Instituto Reuters. TikTok alcanzó 37,7 millones de usuarios adultos, el 93% de la población conectada. La confianza en las instituciones públicas se encuentra en mínimos históricos. Esa combinación crea un ecosistema donde la sospecha prospera y donde cada anomalía técnica en un proceso electoral puede ser interpretada como prueba de un “gran fraude” orquestado en la sombra. Ya lo hemos visto con narrativas recurrentes sobre software electoral manipulado o esferos borrables, todas desmentidas, todas persistentes. 

Esto se da cuando asistimos a una migración de “googlear a “tiktokear”, que no es un cambio menor de herramienta, sino una transformación en la forma de validar lo real. Según una encuesta de Sprout Social, el 41% de la generación Z ya utiliza las redes sociales como su principal puerta de entrada a la información, frente al 32% que aún prefiere los motores de búsqueda convencionales. Para estos usuarios, lo que no aparece en su sección “Para ti” simplemente no existe. Mientras Google dedicó décadas a perfeccionar algoritmos que dan prioridad a fuentes de autoridad, TikTok funciona con una lógica distinta: la retención de la atención. El entretenimiento pesa más que la veracidad, y una verdad que no quepa en un video vertical de 45 segundos, vestida de la autenticidad artificial que exige el algoritmo, difícilmente será relevante para las nuevas generaciones.

Tenemos entonces que cuando una porción significativa de la población desconfía de las agencias sanitarias, de los cuerpos legislativos y de los medios de comunicación, la capacidad de gobernar y de tomar decisiones colectivas basadas en hechos se compromete gravemente. La desconfianza institucional debilita los cimientos de la cooperación social y dificulta la implementación de políticas públicas necesarias, desde la gestión de una pandemia hasta la protección del medio ambiente. La conspiritualidad, por lo tanto, no es un conjunto de creencias excéntricas. Es un motor activo del DI y, sobre todo, del desorden social que transforma la búsqueda individual de paz y salud en combustible para la fragmentación colectiva. Y en un año de elecciones presidenciales, ese motor se acelera.

Creer sin rendirse

La respuesta no puede ser ridiculizar la espiritualidad ni descalificar a quienes buscan bienestar fuera de los circuitos institucionales. Eso solo refuerza la polarización que la conspiritualidad necesita para sobrevivir. La respuesta exige reconocer que la búsqueda de trascendencia es legítima, que la desconfianza hacia las instituciones tiene raíces reales y que la manipulación emocional disfrazada de espiritualidad es una forma de explotación que merece ser expuesta con la misma firmeza con la que se expone cualquier otra estafa.

La alfabetización mediática e informacional (AMI) tiene que ir más allá de enseñar a verificar datos. Necesita enseñar a reconocer los mecanismos emocionales que nos hacen vulnerables: Por qué el algoritmo no es un mensajero cósmico sino un modelo de negocio. Qué diferencia hay entre la búsqueda legítima de sentido y la captura emocional por parte de un creador de contenido que monetiza la incertidumbre. Y por qué el hecho de que algo nos haga sentir bien no significa que sea verdad.

María Esperanza Castro alzó la voz después de once años de cautiverio. Miles de colombianos siguen entrando hoy a TikTok en busca de calma, orientación y sentido. Lo que encuentren allí depende, en parte, de un algoritmo diseñado para retener, no para informar. Pero depende también de nuestra capacidad colectiva para distinguir entre la paz interior genuina y el silencio del que ha dejado de preguntar. Creer no debería significar dejar de pensar. Y despertar no debería ser sinónimo de dormirse frente a la evidencia.

Publicado en Razón Pública, el 22 de marzo de 2026

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