La verdad desgastada rodaja a rodaja

Tiempo de lectura: 10 min

Tabla de contenidos

La desinformación más peligrosa no aparece de golpe. Avanza como con paciencia; se acomoda a los escándalos del día; aprovecha el agotamiento que nos produce la saturación de noticias, debates y controversias. La táctica del salami describe ese modo de intervención gradual que afecta la confianza democrática mediante gestos que parecen inocuos.

La desinformación en contextos electorales rara vez se presenta como una mentira descarada. Su estrategia es más sutil. Avanza como con paciencia. Se acomoda al calendario político, se dispersa entre escándalos, encuestas y controversias diarias, y aprovecha el cansancio que entre la ciudadanía genera el exceso de información para modificar percepciones sin que se pueda reaccionar a tiempo. 

La táctica del salami describe ese modo de intervención gradual, basado en la acumulación de cambios menores que alteran de manera profunda la confianza en los procesos democráticos.

Su eficacia está ligada al tiempo. Cada movimiento parece aislado, cada duda que se plantea da la impresión de incluso ser razonable. El problema se vuelve visible cuando la secuencia ya está completa. Durante los comicios, cuando la atención pública se fragmenta y la memoria colectiva se acorta, las dudas, que comienzan como un ejercicio legítimo de vigilancia democrática, pueden convertirse en sospecha sistemática que deja a la sociedad sin puntos de referencia comunes, algo difícil de identificar y aún más complejo de revertir.

Del estalinismo a las redes sociales

La expresión szalámitaktika, o táctica del salami, se atribuye a Mátyás Rákosi, dirigente comunista húngaro de la posguerra. La usó para describir la eliminación progresiva de la oposición como el acto de cortar un salami en rodajas tan finas que ninguna provocara una reacción contundente. La regla básica era mantener a la oposición “perpleja y vacilante” mediante demandas que iban aumentando. Aisladas, no provocaban resistencia, pero acumulativamente instauraron una dictadura. 

Con el paso del tiempo, el término dejó de referirse a regímenes autoritarios y pasó a nombrar dinámicas más amplias de poder, normalización y control social.

En estos tiempos digitales, la táctica se adapta a las redes sociales y a la fragmentación de audiencias, para describir cómo se construyen relatos alternativos: primero, con interpretaciones matizadas de hechos verificables; luego, con la conexión artificial de episodios aislados, y. finalmente, con el planteamiento de explicaciones conspirativas como si fueran parte del paisaje.

La ciudadanía se adapta a cada variación sin advertir que el marco de referencia se desplaza. Por eso, dicha táctica se relaciona con la ventana de Overton, que describe el rango de ideas aceptables en el debate público en un momento dado. 

La táctica del salami expande o contrae esa ventana de manera imperceptible, y desplaza los límites de lo tolerable. Lo que ayer era impensable, hoy se discute; lo que hoy se discute, mañana se acepta como normal. La desinformación actúa como un lubricante para ese desplazamiento.

Así se corre el límite de lo tolerable

La desinformación electoral no comienza con acusaciones extremas. Su recorrido suele comenzar con interpretaciones sesgadas de hechos reales, presentadas con un lenguaje técnico y con apariencia de neutralidad. Más adelante, estos matices se intensifican y episodios aislados se presentan como señales reiteradas. El lenguaje cambia de tono y pasa de la sospecha a la imputación velada. En fases posteriores, explicaciones conspirativas se presentan como dudas razonables. El punto culminante llega cuando se rechaza por completo la legitimidad de un proceso electoral.

La clave reside en la continuidad. Cada paso se conecta con el anterior, lo que reduce la percepción de ruptura. Para el público amplio, que consume información de manera fragmentada, el relato alternativo se consolida sin que requiera evidencia sólida. De ese modo, la duda termina por instalarse por completo. Y cuando todas las fuentes son cuestionables, cualquier versión, por infundada que sea, encuentra espacio para circular.

En Colombia, este patrón se puede ver con frecuencia. Antes de las campañas, aparecen cuestionamientos menores sobre la seguridad del sistema o la imparcialidad de actores específicos. Durante la contienda, cualquier error administrativo habitual recibe una atención desmedida y puede vincularse de manera artificial para construir narrativas de sospecha. El día de la elección, retrasos logísticos normales se presentan como señales extrañas. Tras el cierre de las urnas, el proceso entero se reinterpreta a la luz de esos relatos preexistentes y se relee como evidencia de un plan deliberado.

Ningún episodio aislado puede dar lugar por sí mismo a una acusación grave. La fuerza reside en la suma. Para quienes consumen la información de manera fragmentada, el relato termina por asentarse sin necesidad de pruebas contundentes.

La duda convertida en sistema

Las encuestas electorales son un buen ejemplo para observar la lógica del salami. Las firmas encuestadoras usan metodologías distintas: algunas recurren a muestreo presencial; otras, a llamadas telefónicas; otras, a reclutamiento digital. Cada enfoque tiene ventajas y limitaciones reconocidas por los especialistas. Señalar esas diferencias forma parte del debate técnico legítimo y del control democrático. El problema surge cuando se usan de manera acumulativa para impulsar narrativas de desconfianza generalizada.

Las polémicas recientes que han aparecido en Colombia con la publicación de las encuestas son buena muestra de la situación. La de AtlasIntel ha sido cuestionada por usar reclutamiento digital sin muestreo probabilístico, lo que técnicamente la convierte, según especialistas, en un sondeo que la Ley 2494 de 2025 prohíbe divulgar como medición de intención de voto. Otras, como GAD3, enfrentan críticas por sobrerrepresentación ideológica y omisión de candidatos.

Para quien consume sin contexto los resultados dispares de esas mediciones, lo que aparece es un paisaje confuso. Quienes buscan desacreditar el proceso electoral no necesitan falsificar una encuesta. Les basta con señalar las contradicciones, una a una, hasta que ninguna medición parezca creíble. 

La diferencia entre el escrutinio legítimo y la táctica del salami no está en el contenido de la crítica, sino en su propósito. El primero busca mejorar la calidad de la información. La segunda, destruir la posibilidad misma de que exista un referente común. Si, además, se cortan otras rodajas que añaden dudas sobre la imparcialidad de ciertos medios o las inclinaciones políticas de autoridades electorales, se llega al punto de la descalificación completa del sistema.

La manipulación de la confianza en las encuestas es solo una de las rodajas. Los ciclos electorales muestran también una adaptación progresiva de tácticas que aprovechan las innovaciones tecnológicas. En un primer momento, el uso de datos para segmentar mensajes se presenta como un recurso legítimo de campaña. En elecciones posteriores aparecen medias verdades dirigidas a públicos específicos. Más adelante se usan redes de cuentas coordinadas para dar apariencia de consenso espontáneo. Luego llegan contenidos generados con inteligencia artificial, cada vez más difíciles de distinguir de los reales.

Brasil en 2018 y 2022 mostró cómo convergen todas esas dinámicas. Grupos de WhatsApp distribuyeron mensajes sensacionalistas adaptados a los prejuicios de cada audiencia. Una misma acusación contra un candidato circulaba con variantes diseñadas para católicos, evangélicos o empresarios. Ningún mensaje aislado constituía una falsedad flagrante; la fuerza estaba en la repetición segmentada. Cada elección fija así un nuevo umbral de tolerancia. Prácticas que antes generaban rechazo pasan a verse como normales y el desplazamiento se consolida sin que alguien lo autorice de manera explícita.

Audiencias separadas, realidades incompatibles

La táctica del salami también actúa sobre el ecosistema informativo. Primero aparecen espacios que ofrecen voz a grupos que perciben que los medios tradicionales los ignoran. Sin embargo, la repetición constante de contenidos afines, sin confrontarlos con perspectivas diferentes, termina por crear comunidades cerradas. Sus integrantes consumen una única versión de los hechos y descartan, casi de manera automática, cualquier información que cuestione sus creencias. Lo que comenzó como una opción para enriquecer el debate termina por convertirse en un obstáculo para el diálogo.

Las plataformas digitales han acelerado ese proceso. Sus algoritmos, diseñados para retener a los usuarios, dan prioridad a contenidos que provocan reacciones intensas y agrupan a personas con intereses similares. Quienes buscan manipular la opinión pública aprovechan esa arquitectura y difunden versiones distintas de un mismo mensaje, alineadas con los valores de cada grupo. Una misma protesta puede presentarse como expresión ciudadana legítima para unos y como amenaza al orden público para otros. El salami ya no se corta igual para todos. Cada audiencia recibe una rodaja adaptada a sus inclinaciones previas.

Eso lo presenciamos a diario. Grupos que conviven en un mismo espacio geográfico habitan realidades informativas opuestas. Sin puntos de encuentro, la deliberación democrática pierde su fundamento y el consenso mínimo que requiere cualquier proceso electoral se vuelve cada vez más difícil de alcanzar.

Un escudo contra el rebanado

Frente a estas dinámicas, la alfabetización mediática e informacional propone un cambio de enfoque. En lugar de reaccionar a cada episodio, observar trayectorias y patrones. Reconstruir cronologías, identificar actores recurrentes y rastrear conexiones entre eventos aparentemente aislados. Esa mirada permite reconocer secuencias que de otro modo pasan inadvertidas.

El examen sistemático de fuentes es otra herramienta valiosa. Comparar versiones, revisar historiales y notar cambios en el lenguaje ayuda a identificar desplazamientos que, cuando nos fijamos en el árbol en lugar del bosque, parecen imperceptibles. 

También resulta útil el prebunking o prerrefutación, que funciona como una vacuna informativa. Consiste en mostrar a las personas cómo funcionan las técnicas de manipulación antes de que se enfrenten a ellas. Si alguien ya sabe que una táctica común es presentar un hecho aislado como si fuera una tendencia, será más difícil que caiga en esa trampa cuando la encuentre en redes sociales. Conocer el truco reduce su eficacia. 

Conviene, además, desconfiar de la idea de que los cambios menores no importan. En política, una concesión que hoy parece insignificante puede convertirse, con el tiempo, en el punto de partida para exigencias mayores. Los efectos no siempre son inmediatos, pero se acumulan.

Compartir análisis que conecten piezas dispersas, sin reproducir falsedades, ayuda a limitar el tipo de confusión sobre el que se basa esta forma de desorden informativo.

Ver la barra completa antes del último corte

La táctica del salami transforma el debate electoral mediante acumulación silenciosa de pequeños cambios. No necesita rupturas espectaculares. Su eficacia radica en aprovechar la distracción, el cansancio y la fragmentación informativa. Para identificarla hay que observar el proceso en su totalidad: desde los rumores incipientes hasta la aceptación de discursos que antes habrían sido impensables.

En años electorales, mantener la mirada atenta es un compromiso cívico. Las mayores amenazas no suelen ser ataques frontales, sino concesiones que hacemos por agotamiento o descuido. Rákosi sabía que cada corte por separado pasaba inadvertido. El daño estaba en la acumulación. Hoy, quienes manipulan el debate público aplican la misma lógica. Cuando la ciudadanía advierte el engaño, la barra del salami ya se ha consumido. La defensa consiste en ver el embutido entero antes de que no quede nada que cortar.

Publicado en Razón Pública, el 1 de febrero de 2026

Infografías del artículo

Compartir:

Artículos relacionados

Paradojas y parajodas

La Ley de Campbell, el efecto halo y el efecto cuerno forman un triángulo que convierte indicadores en armas políticas y las elecciones en un

Leer más

El zoológico electoral

En la recta final de las presidenciales, si los insultos se convierten en banderas y los candidatos quieren presentarse como fieras, hay que preguntarse qué

Leer más

La fábrica del cansancio moral

Por qué informarse y votar se volvió una tarea extenuante para muchos ciudadanos en plena campaña electoral Esta semana, mientras los colombianos se preparan para

Leer más

El prado envenenado

El espacio informativo se ha convertido en un bien común sobreexplotado. La lucha por acaparar atención pesa más que las reglas para cuidar ese espacio

Leer más